Crónicas de un joven awó: 6ta parte

Crónicas de Ogbe Ate

Ya habían pasado cuatro meses desde mi awofakan. Había llamado muy orgullosamente a Oyugbón y le había dicho, “Oye, no me vas a creer. ¡Tengo camino de Ifa! Ja…de todas las cosas más inesperadas…” Él estaba contento. Mi trabajo de música seguía en caminado y empecé a reunir todos los fondos que podía. Llámelo coincidencia o llámelo destino, pero tenía exactamente lo que necesitaba para el viaje en mis ahorros….casi unos $15,000 (el costo para las ceremonias de coronación de Shangó mas mi iniciación en Ifá serían $12,000, más los $650.00 para el avión y unos $500 más para los costos del viaje después de mis días ceremoniales). Por fin llego el 7 de enero e iniciamos nuestro viaje a Cuba via Cancún. Me había preparado mentalmente para la eventualidad de que íbamos a tener problemas en nuestro regreso cuando pasáramos por la Aduana norteamericana y había preparado todo tipo de excusa inteligente.

Viajábamos con el dinero para los costos divididos entre los dos, mas mis objetos religiosos y otras cosas para la iniciación en mi maleta. En Cancún, mi maleta fue investigada y los oficiales de la Aduana Mejicana sacaron a mi Eshú mientras lo miraban sospechosamente (sabía que me iba a traer un poco de problemas, ¡el travieso!). Miraban a la extraña concha, con sus clavos pequeños que salían por su cabeza y empezaron a darme la excusa oficial, “Señor, usted no va a poder viajar con esto así”. Después de una discusión tranquila sobre porque yo tenía que viajar con los objetos, un supervisor se apareció. Me di cuenta rápidamente que el señor tenía un iddé verde y amarillo en su muñeca izquierda. “¿Cuál es el problema? Oh, ok. Si, lo pueden dejar pasar. Yo sé que es eso. No se preocupen, él está bien.” Sonreí y le di las gracias al supervisor, preguntándole, “
¿Hay muchos santeros en México? “Oh si…está creciendo la comunidad…muchos cubanos están viniendo para acá…y también venezolanos… ¡que tenga un buen día!”

Con eso, nos fuimos para el área de salida. A solamente 40 minutos de salir, mi padrino decidió que quería comerse algo antes de ir a Cuba. Me pase todo el tiempo cuando el comía preocupado que íbamos a perder el vuelo por el estar comiendo con poco tiempo disponible. Teníamos 10 minutos disponibles cuando le dije, “Padrino, vámonos, que vamos a perder nuestro vuelo”. El finalmente terminó y empezamos a caminar hacia la salida de la aerolínea Cubana rumbo a la Habana. Cuando nos acercábamos, me di cuenta que la salida estaba vacía….me empecé a preocupar. Un mexicano medio gordo nos habló con un acento fuerte, “ustedes son XXXX y YYYY?” Dijimos que sí. “¡Chin@@ su madre…ustedes por poco pierden su vuelo…los llamamos como 5 veces! Corran…vayan por esa puerta y corran por el cemento hacia el avión. Los está esperando”. Lo único que podía pensar era, “¡Gracias Padrino…por poco nos haces perder el vuelo!” Salimos de esa terminal cómoda y con aire acondicionado al cemento caliente y al sol de Cancún. Un avión estaba esperando al final de la rampa. Era la primera vez en mi vida que me montaba en un avión usando escaleras. Estaba acostumbrado al lujo norteamericano de poder caminar por un túnel directamente a un avión. Entramos en el avión y encontramos nuestros asientos.

Padrino estaba incomodo…los asientos estaban muy pegados y él era un tipo alto. Nos empezamos a reír de lo ridículo que se veía y él me dijo, “¿tú querías visitar la Revolución? Toma Revolución…que viva la Revolución”. Me decía esto mientras trataba de acomodarse mejor entre los asientos. Yo me puse a reír…entendía lo que el quería decir, pero no estaba preocupado por incomodidades temporáneas. No podía esperar a llegar hasta la Habana. Llegamos como a las 4:00 P.M. Desde el aire, se podía ver la capital durante nuestra llegada. No había estado tan contento de visitar a un país desde mis primeros vuelos a Puerto Rico cuando era un nene. No podía esperar a ver cómo era Cuba. Nos bajamos del avión y empezamos a caminar por la aduana cubana. Estaba sorprendido de ver que el aeropuerto Cubano no era tan tercer-mundista como pensaba. Se parecía mucho al de Puerto Rico aunque los monitores de información de vuelos parecían como televisiones viejas de los 1990.

Yo pase por la aduana sin problemas y esperé afuera del área de reclamo de equipaje en una placita pública. Los cubanos venían y salían, recogiendo a familiares que llegaban trayendo bolsas plásticas inmensas, llenas de ropa o grandes cajas de televisiones modernos. “Tienen que ser familiares de Miami que vienen trayendo productos de los Estados Unidos a sus familiares”, me dije. Los cubanos tenían una moda particular. Los más jóvenes se vestían con mahones muy apegados y unas camisas apegadas con diseños que atraían la atención, esa parecía la moda de la juventud de ese país. Los de 40 o más años vestían mas humildemente. Todavía estaba tratando de reajustarme al cambio cultural y de país.

Podía ver a mi padrino al fin de una línea dentro del área de reclamo de equipaje. Próximamente vi que dos oficiales del aeropuerto se le acercaron y lo sacaron de la línea. Me había acordado que toda esa semana antes de nuestro viaje, él estaba muy ansioso con encontrar un gallo. Lo había ayudado a encontrar una granja local donde vendían aves y él se había tranquilizado luego de darle a Eshú su sacrificio. “Tenía que hacer ebbó…me había hecho una vista antes de irme de viaje y salió que iba a tener problemas con la justicia relacionado al viaje…yo espero que los oficiales de la Aduana norteamericana no nos den problemas”. Como son las cosas, los problemas “con la justicia” iban a pasar en el aeropuerto en la Habana. Espere 3 horas mientras los oficiales le inspeccionaban sus objetos: dos planchas blancas que él les decía que eran “planchas para uso en la playa”, un recipiente cilíndrico de metal y su maleta. Cuando salió de esa área, tres hombres Cubanos que estaban en la placita publica se le acercaron y cuando se dieron cuenta que yo era el ahijado, me señalaron que me acercara. Nos dimos las manos, nos presentamos y seguimos con nuestras cosas hacia el estacionamiento.

Rumbo al vehículo, Baba Eyiogbe (el babalawo que iba a dirigir todas mis ceremonias) le pregunto a mi Padrino que había pasado. “asere, estos pendejos en el aeropuerto. ¡Me abrieron mi Olofin!” “¡¿Que QUE?! ¿Coño…pero…les dijiste que era?” “Si, les dije que era un objeto religioso muy importante que no debía ser abierto ni visto por nadie que no fuera un babalawo…pero ellos querían investigarlo. Yo no iba a discutir mucho con ellos, pero les pide de forma cortes que si iban a abrirlo, que por favor lo hicieron en un cuarto sin mujeres presentes. Con eso, se enfogono una de las mujeres oficiales y ella dijo, “¿Y porqué nosotras las mujeres no podemos verlo? Yo quiero estar presente”. Desde ese momento, le tuve que dejar hacer lo que quisieran”. Los babalawos en el carro no estaban contentos pero después de un momento de silencio, le respondieron, “bueno, asere…deja que Odú se encargue de eso…tú le advertiste…” Padrino le respondió, “oh si…yo le dije a ella…cuando ellos salieron del cuarto de inspección, uno de los tipos vino a decirme, ‘Oluwo, perdona que tuvimos que hacer esto, etc’…y yo no estaba para perdonar. Les dije, “A mí no me preocupa, yo les advertí que no abrieran a Olofin. Lo que le pase a ustedes como consecuencia es completamente cosa suya”. Los babalawos estaban de acuerdo con eso y seguimos nuestro viaje a Marianao.

Estaba oscuro y aunque había algunas luces nocturnas, muchas partes de los vecindarios no tenían la suficiente luz. Trate de procesar todo lo que estaba viendo en torno al vehículo…viendo a los cubanos caminando por las calles en la noche. Estábamos con hambre y paramos en un Paladar. Yo ordene un sándwich con una batida de chocolate. La batida sabia buena…pero extraña. Tenía que ser que ellos tenían su propio proceso de preparar la leche…para mi boca acostumbrada a las batidas de restaurantes de comida rápida norteamericanos, notaba la diferencia entre lo que se conseguía en los Estados Unidos. Seguimos por un vecindario oscuro; los cuerpos de cubanos abrazándose nos pasaban por el lado cuando las luces del vehículo los iluminaban. A la juventud le encantaba estar afuera en la noche, no importa el país. Llegamos a una casa y salimos del vehículo. Baba Eyiogbe entro en un patio y luego pasó a la casa. Un hombre flaco como mi padrino pero tan alto y negro como Mr. Carolina estaba sentado en un sofá aplastado; sus piernas flacas colgaban de la esquina del sofá mientras el veía un DVD en su televisión de alta calidad. La vista entera era como de otro mundo… ¿no se supone que este sea un país pobre? Como caray este tipo tenía una televisión moderna con un sistema para ver DVDs?

Baba Eyiogbe le habló, “Buenas noches, Oluwo, aboru…tengo un problema. Tenemos que hacer un Ifá e íbamos a hacerlo en la casa vieja de Bernando Rojas al final de la calle, pero me acaban de decir que están haciendo otro Ifá esta semana allí. ¿Tienes algún espacio para hacerlo aquí?” El hombre de unos cuarenta y pico años no movió su cuerpo, pero nos miraba con sus ojos y le pregunto, “¿cuánto tienen?” Eyiogbe les respondió, “500 CUC”. El hombre se reajusto y se puso derecho en el sofá y se paró. “¿500 CUC? Nosotros podemos trabajar con eso…definitivamente podemos trabajar con eso.” Sonrió y dijo, “vengan por aquí para que puedan ver el cuarto.” Nos enseñó un cuarto que aparentemente era parte de la casa original de madera. El cuarto era espacioso y tenía su propio abanico, luz y refrigerador. “Aquí es donde hacemos las ceremonias de Santo y Ifá. También tiene su propio refrigerador.” Para mí era cómico que como forma de “vendernos” la casa para hacer la ceremonia, él estaba usando el refrigerador como “amarre”. Pero, me acorde que lo que me estaba enseñando era algo no muy común en las casas cubanas. Muchos no tenían ni un refrigerador y menos tenían dos. Aquí también tenían una máquina de lavar ropa. El dueño de la casa era claramente un babalawo acostumbrado a alquilar su casa para las ceremonias religiosas de iniciantes extranjeros. Él estaba obteniendo sus CUCs de algún sitio…me imaginaba que tenía que ser por su trabajo religioso.

Fuimos invitados a un tambor de fundamento en la Habana. Dejamos nuestras maletas y cosas en el Cuarto De Santo donde me quedaría por los próximos 13 días y nos fuimos un carro ruso Lada que le pertenecía a otro babalawo, Ogbe Sa. Llegamos hasta un complejo de apartamentos y en su sótano/sitio público, habían muchos orishas, velas, y ofrendas de frutas por el piso. Adentro, los tamboreros de Eyiogbe estaban ya tocando. Nos metimos en un cuarto pequeño con otros Cubanos. Podía sentir sus miradas curiosas sobre mí, ya que mi ropa era claramente norteamericana. Tampoco me ayudaba que era un boricua blanquito en un cuarto lleno de Afro-Cubanos. Pero, la noche fue agradable. Eyiogbe me sentó en la silla del okonkolo y toque varios toques con la agrupación. Por lo menos me defendí…aunque tenía miedo que iban a empezar un toque que no conociera. Todavía era un principiante en los batas y no me conocía el Oru Seco completo. Al final de la noche, teníamos que encontrar la forma de llegar hacia la casa en Marianao. Ogbe Sa se había ido a estar con su esposa. Afuera, en la calle, caminábamos cargando los fundamentos en bolsas de cartas postales. Caminábamos por calles de la Habana oscuras buscando a alguien que nos llevara a Marianao. Vimos a un hombre trabajando en su truck y uno de los babalawos le ofreció 5 CUC para que nos llevara a Mariano.

Para la gran mayoría de cubanos, poder obtener CUCs era casi imposible. Si no trabajaban en algún empleo donde podían ser pagados por extranjeros (como el trajabar la Santería, o ser músico, o trabajar en los hoteles y restaurantes turísticos), era virtualmente imposible que les pagaran en CUC. Un CUC era el equivalente a 21 pesos de la “moneda nacional”. Para entender su valor, consideren que un peso moneda nacional era todo lo que costaba compartir un botado (un taxi local) con otros Cubanos. 5 CUC para un viaje de 20 minutos sería una paga buenísima para el cubano promedio. Para mí, era como $5 norteamericanos. Valía la pena. El hombre no lo pensó mucho. Cerró el bonete del vehículo y nos llevó hasta la casa donde nos estábamos quedando.

Llegamos tarde a la casa y fuimos bienvenidos por el dueño de la casa, que había preparado un colchón de tamaño pequeño para los dos. El colchón era la cosa más fea, de color gris y con marcas de dudosa procedencia. Parecía que lo habían tirado a un rio, dejado ahí por una semana, y después lo habían sacado y dejado secar al sol. Estaba cubierto con una frisa pero los lados feos revelaban su secreto. Padrino y yo estábamos preparados para enfrentarnos a cualquier cosa y no empezamos a criticar la situación. Yo fui el primero en probar el colchón. Trate de sentarme sobre él. Desde el momento que mi trasero lo tocó, el colchón se revolcó un poco y se aplasto debajo de mi peso. Se sentía como uno de esos colchones de aire pero llenos a mitad. Me acosté lo mejor que podía sobre él. “Entonces me preguntó… ¿te gusta? Esa es nuestra mejor cama”. La sinceridad y generosidad del Oluwo me estaba rompiendo el corazón. Le respondí, “está perfecto…gracias. Después de un día largo, es lo mejor”. El hombre se sonrió y nos dijo que si queríamos algo más, estaría en el segundo piso en su habitación. Con eso nos dejó a solas.

Cuando estábamos seguros que se había ido a una distancia, mire a mi padrino y los dos nos pusimos a reírnos a bajo volumen. “Padrino…esto…está…cabrón…”. “Pues, tipo, tu querías la Revolución…aquí está tu Revolución…que viva la Revolución”, me respondió, mofándose de ella. Los pensamientos políticos de mi padrino eran similares a los míos…ninguno de los dos éramos morones. Estábamos conscientes de las perdidas y cosas negativas de la Revolución Cubana. Teníamos una perspectiva balanceada…aunque los dos respetábamos mucho a los cubanos por haber tomado esa posición de querer manejar sus problemas a su manera, sin la intervención de otros países. Padrino, como yo, era un independentista (alguien que aboga por la independencia de Puerto Rico de los Estados Unidos), pero tampoco estábamos a favor de una independencia donde las camas mejores de la gente eran colchones grises, marcados y ya para ser tirados a la basura. Organizamos nuestras cosas, nos acostamos de una forma opuesta e hicimos lo mejor que pudimos con la situación. En tanto me quedé pensando, “mano, que suerte tengo de tener un padrino que está dispuesto a dejar su casa afluente y cómoda con su cama cómoda, y su esposa e hijos…para venir aquí a sufrir este colchón horrible para que yo pueda hacerme Ifá”. Ese pensamiento me cayó me llenó el corazón y me dormí.

Awó Ogbe Ate

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5 Responses to Crónicas de un joven awó: 6ta parte

  1. Gloria says:

    Antes de dar mi opinion….iboru olwo,iboya olwo,ibocheche olwo.
    Vengo viendo tan hermosa historia religiosa y tengo que decirle..gracias por compartirla y llevarnos a tan hermoso viaje el mas bello de la vida(la consagracion )tocante a este escrito en particular tengo un sabor dulce pues describe a Cuba de su optica,yo al igual que usted tambien mi primera visita fue un poco por decir asi fuerte,pasado la entrada y salida del aereopuerto,CUBA LA MAS BELLA en mi caracter personal,adoro Cuba y me quito el sombrero ok? cuan feliz estoy de leer su historia religiosa y compartirla..gracias olwo,mis respetos y admiracion.

  2. Awo Ogbe Ate says:

    Muchas gracias a usted por leerla! Que la disfrute. Ogbo ato asure iworiwofun.

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